Disculpe la interrupción, majestad. A alguien tan inteligente, talentoso y brillante en todos los aspectos no se le debería distraer con estas tonterías. Es usted el mejor, el más grande, el antes y después en la historia publicitaria. Todo lo que hace, todo lo que toca, es oro puro. Y si no, es que ha caído en manos de un perfecto ignorante. Usted se merece todos los aplausos, todas las miradas embelesadas por su presencia, todos los premios habidos y por haber. Claro que sí, joder. Pero ese abismo que cree que le separa de los demás, es la altura desde la que se va a pegar el morrazo. Para evitar hacerse daño un año más, eleve esta plegaria a San Publicito. Y arrodíllese, que él si está en un altar, no usted.

“San Publicito,
muy soberbio he sido,
pero si me perdonas
y un premio me donas
seré más humilde
y muy agradecido”

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